| Las
agresiones sexuales no son exclusividad de un sector social. Ocurren
en pomposas residencias o en callejones de un solo caño, en desvencijadas
chozas de esteras o en algún dúplex de lujo. Las víctimas
son las mismas (mujeres adultas, niños, adolescentes), los victimarios
también (la gran mayoría son familiares) y las cifras,
a pesar de que causan espanto, no suelen revelar la realidad. Es que
los agredidos aún tienen miedo de denunciar.
Cientos de casos de violaciones, tocamientos indebidos y demás
vejámenes no salen a la luz por esa mezcla de temor y vergüenza
que se apodera de las víctimas. Añádale la desconfianza
en el Poder Judicial, la desesperante lentitud con que se desarrollan
los procesos y que la persona vejada debe ser sometida a varios interrogatorios,
obligándola a sacar a la luz una y otra vez un hecho tan desgraciado.
Por ello, muchos optan por el silencio a la espera de que el paso del
tiempo anestesie su dolor.
Las estadísticas oficiales indican que los denunciantes han crecido,
pero siguen siendo mayoría los que callan. Con la puesta en marcha
del nuevo Código Procesal Penal, los casos podrán ser
vistos con mayor rapidez. Será un gran un paso adelante. La justicia
debe ser efectiva. No debe convertirse en otra forma de agresión.
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