GRANDES DESAFÍOS PARA BEATRIZ MERINO

La mayoría de las veces quien recibe en el Perú la posta de una institución tiene que hacerse cargo del enorme pasivo en términos de eficacia e imagen que esta arrastra. Ocurrirá eso, por ejemplo, con el próximo presidente y con los nuevos congresistas. Hay pocas instituciones sólidas y con prestigio. La Defensoría del Pueblo es, sin duda, una de ellas. Eso es una suerte para Beatriz Merino, pero también un reto.
La Defensoría del Pueblo, creada en la Constitución del 93 (hasta Fujimori hizo cosas buenas), se convirtió rápidamente en una institución indispensable. Jorge Santistevan, el primer defensor, tuvo gran mérito en ello. Lo eligieron en un Congreso dominado por fujimoristas, porque pensaron que habiendo sido un funcionario internacional le daría a esta un tono light. Se equivocaron. Santistevan dio batallas muy importantes por los derechos humanos y por preservar mínimos democráticos frente al régimen autoritario. Otra cosa clave: supo hacer equipo. Para empezar, con Walter Albán, su adjunto, quien luego ejerció interinamente el cargo por varios años (y sufrió el maltrato de este mediocre Congreso); pero también con Gino Costa, Samuel Abad, Rocío Villanueva, José Távara, Yolanda Falcón, Rodolfo Castillo y Rubén Vargas, entre los que me vienen de inmediato a la memoria y a quienes se les debe mucho por los logros de la institución.
Merino llega al cargo en circunstancias muy favorables dado el apoyo multipartidario y la alta expectativa de la población. Los desafíos que tiene son diferentes a los de los tiempos aurorales, pero son también muy grandes. La medida de si los va asumiendo con éxito la tendremos si empieza a caer pesada a una parte de los que hoy la adulan. El consenso que hoy suscita tiene que transformarse pronto en incomodidad para algunos de sus fans. Es que su función es dar cuenta de que el vaso está medio vacío y no festejar que esté medio lleno.
Entre los temas inmediatos está, por ejemplo, el empujar para que se implementen las recomendaciones de la CVR. Tiene, a su vez, que vigilar que, en el periodo electoral, el Estado actúe con neutralidad. En ambas cosas pisará callos.
La Defensoría del Pueblo es una bisagra entre el Estado y la sociedad. Tiene, por tanto, mucho que ver con cómo canalizar la inevitable conflictividad social. Ya algo han avanzado llevando un registro minucioso de los conflictos y, en algunos casos, buscando soluciones. Pero hay mucho más por hacer. La relación del Estado con los gobernados se mueve mucho aún entre la exclusión y la clientela. Por su parte la población responde con extremos que van desde la mano extendida frente a papá Estado, hasta el violentismo de la lucha hasta las "últimas consecuencias". Lo más difícil es promover ciudadanos. Es decir, personas conocedoras de sus derechos y con vocación de ejercerlos; pero con conciencia de que los suyos deben conciliarse con los de los demás. La Defensoría del Pueblo deberá ayudar también en esto.

18/11/05 FUENTE: PERU 21 PG COLUMNISTAS