FRANCIA: MÁS ALLÁ DE LA REVUELTA DE LOS BEURS

Humberto Campodónico.
Muchos de los argumentos que tratan de explicar la fractura urbana en Francia apuntan a hechos ciertos. Por ejemplo, la durísima política policial para garantizar la seguridad ciudadana que, desde el 2002 practica redadas contra inmigrantes y prostitutas. Quienes más sufren las consecuencias son los 5 a 6 millones de musulmanes que viven en Francia, el 10% de la población total.
Otros señalan que existe una escasa integración de los musulmanes e inmigrantes africanos, en general, a la sociedad francesa. Esto se debería a que no existe política de discriminación positiva, lo que se refleja en que no existen parlamentarios que representen a las minorías (más allá de los diputados de las ex colonias). Según Manuel Valls, alcalde de Evry y diputado socialista, hay un “apartheid territorial” en momentos que el “ascensor social” está bloqueado. Los partidos de izquierda no son ajenos a este proceso, pues si bien la población musulmana se inclina hacia la izquierda, el PC y el PS casi no les han “dado bola”: “son muy pocos los dirigentes provenientes de hijos e hijas de inmigración reciente” (Patrick Jarreau. La izquierda decepciona a los inmigrantes, Le Monde, 11/11/2005). Esta falta de representación política implica que no existe una dirección centralizada con la cual se pueda negociar. Los jóvenes “beurs” coordinan sus acciones por celulares y por internet, de manera caótica pero efectiva. Añaden los analistas que de ninguna manera puede decirse que los imams islámicos estén detrás de las revueltas callejeras: las han condenado abiertamente.
También se dice que las raíces reales son la alienación económica y social de la población –sobre todo musulmana- que, hace dos generaciones está confinada a los barrios marginales –la banlieue-. Allí se ha producido una mezcla tóxica de malas viviendas y escuelas, inadecuados medios de transporte, exclusión social, desafección de los musulmanes (a quienes se discrimina) y, remarcadamente, el desempleo masivo. El desempleo, sobretodo juvenil que alcanza el 23%, no es un problema únicamente francés (ver gráfico) y sus consecuencias son la falta de una perspectiva de movilidad y éxito social (el crecimiento del PBI no alcanza el 2% en promedio en los últimos años) que contribuye al “bloqueo de futuro” que se instala en los jóvenes. Más aún en los jóvenes inmigrantes, donde el desempleo llega a un increíble 40%.
Hace unos años, la escritora francesa Vivian Forrester editó un libro de tremendo impacto: El Horror Económico. Su tesis era que se estaba viviendo “un crecimiento económico sin empleos”, es decir, un desempleo estructural. Afirmaba que la implantación en Francia de un modelo económico de inspiración anglosajona agravaría esa tendencia, pues se perderían los beneficios del Estado de Bienestar alcanzados después de la II Guerra Mundial sin que, en contrapartida, se generaran nuevos empleos. El horror.
En octubre pasado, un millón de personas hizo huelga general en Francia para protestar contra la política salarial del gobierno, los vagos planes sociales y la drástica pérdida del poder adquisitivo. Meses antes, los franceses rechazaron la Constitución europea con un NO categórico. ¿Cómo no ver allí el malestar (“malaise”) generalizado frente al futuro? De alguna manera, ese es el dilema de muchos países europeos (Alemania, Italia). Si se adecúan a las necesidades de la globalización transnacional (flexibilidad laboral, por ejemplo) se enfrentarán a la desafección de la población, lo que acarrea problemas de gobernabilidad. Y no podrán ofrecer mayores empleos porque, justamente, el modelo es excluyente por naturaleza. Lo que nos dice que el problema de la juventud francesa hija de inmigrantes –calificada de chusma (“racaille”) por el insolente ministro Sarkozy- solo ha descubierto la punta del iceberg.

12/11/05 FUENTE: LA REPUBLICA PG COLUMNISTAS