| Dos
sociólogos opinan sobre la situación de la Policía
Nacional
No todos los días de la semana el policía hace de policía.
En sus horas libres o en sus días de descanso o de franco es
un asalariado de alguna empresa privada: un subempleado cuya prioridad
es custodiar la entidad que protege. Por esa labor recibe una cantidad
de dinero que utiliza para atender sus problemas inmediatos (la alimentación
de la familia y la educación de sus hijos). Vestido con el uniforme
policial, trabaja hasta doce horas como vigilante en un chifa de mala
muerte, un casino, un supermercado, tal vez un banco. Solo en algunos
casos, y pagados por las municipalidades, trabajan patrullando las calles.
"Cuando trabaja para una empresa, el policía deja de cumplir
su función principal. Deja de proteger a los ciudadanos para
dar seguridad a un tercero", dice el sociólogo Jaime Antezana.
Este alquiler de servicios, o lo que algunos llaman la privatización
de la policía, ha hecho que se cree un falso imaginario sobre
la seguridad. La gente ve policías en cada cuadra, pero cuando
hay un asalto "estos se niegan a intervenir alegando que su labor
está restringida al lugar que cuidan, lo que deteriora la imagen
institucional", indica un estudio del Instituto de Defensa Legal
sobre el actual perfil del policía.
La investigación concluye, además, que "el propio
policía da mayor importancia al servicio que presta al sector
privado, pues si no tiene un buen desempeño, puede ser despedido.
Es por eso que muchos consideran su labor en las delegaciones policiales
como una actividad rutinaria, en la que no importa cómo se trabaje,
ya que tiene el puesto seguro".
Confianza y respeto
La policía es constitucionalmente la llamada a resguardar el
orden interno del país, "representa a las instituciones
públicas en las calles", apunta el sociólogo Guillermo
Nugent. ¿Cómo entender, entonces, ese 51% de personas
que, según la encuesta de Apoyo, temen y desconfían de
la policía?
"La policía está dejando de ser un agente de seguridad
y cada vez más se convierte en un elemento peligroso, por el
abuso que a veces comete, las coimas que recibe, y por la cantidad de
hechos delictivos en los que se ve envuelta", explica Antezana.
Así, la policía ya no es el agente del orden público.
"Se cree, entonces, que estos agentes no garantizan la justicia",
insiste el sociólogo, y recuerda cómo algunos delincuentes
son detenidos y luego liberados. "Estas quejas de la población
identifican a la policía como la responsable de la inseguridad,
aunque en muchas de estas quejas la responsabilidad le corresponda al
Poder Judicial o a las leyes", dice.
Guillermo Nugent señala que si bien un policía es el rostro
de la autoridad en las calles, "esto no ha sido asimilado, pues
la población no ve en él a un representante cotidiano
del Estado, sino a un actor represivo".
El sociólogo explica que el descrédito de la policía
es un símbolo del descrédito de las demás instituciones
públicas. El tema es que --asegura-- vivimos en un estado de
ciudadanos que todavía no se les acepta plenamente como tal.
"No se hace respetar, porque siente que no trata con ciudadanos,
y el ciudadano tampoco ejerce su ciudadanía", analiza el
sociólogo. Destaca la necesidad de que el Estado se plantee la
pregunta de cómo ganarse el respeto usando otros mecanismos,
pues hasta ahora solo intenta hacerlo a través de la mano dura.
El tema de fondo para Nugent es que el Estado no se compromete con sus
leyes. "¿Cómo va a contar con una policía
respetada si no logra comprometerse con su legalidad?", se pregunta.
Un servicio diferenciado
La desconfianza hacia el personal está diferenciada. Mientras
las unidades especializadas gozan de reconocimiento, los policías
de las comisarías tienen el nivel más bajo de aprobación.
"No es cuestión de manifestar que la policía es ineficiente,
pues se sabe que en ciertas áreas es eficiente", dice Nugent
y enumera los sectores donde demuestra su valía.
Explica, por ejemplo, que el hecho de que las comisarías sean
vistas como ineficientes, tiene que ver con el acceso económico
de la población que custodia. Las comisarías de los barrios
más pobres suelen ser las que brindan un servicio más
deficiente.
Nugent señala cómo frente a una bajísima tasa de
robos a bancos (la policía tiene un convenio con los bancos),
hay un número elevado de accidentes de tránsito y robos
a domicilios. "Los que tienen cómo financiar su seguridad
están bien y los que no tienen para pagar la seguridad policial,
no lo están", dice. Antezana opina lo mismo y sentencia:
"la policía está en los cascos urbanos y las zonas
más importantes, pero está ausente en la periferia de
la ciudad".
Nugent insiste: "En medio de todo esto, cada quien se salva como
puede. La policía es eficiente cuando privatiza sus servicios,
como cuando custodia los bancos, y está de adorno en el transporte
público, pues pese a la cantidad de policías de tránsito,
las pistas siguen siendo tierra de nadie".
Según el sociólogo, se tiene en la policía la idea
de que si se paga, se da un buen servicio, y, si no, se hace un favor.
"Como los bancos pagan, hay que darles un buen servicio, pero qué
pasa con los ciudadanos que no pueden hacerlo". ¿Por dónde
empezar? Nugent responde que debe llamarse la atención sobre
esta desigualdad. "¿Cómo la policía permite
que haya tanta desigualdad?".
Frente a este vacío de autoridad que deja la policía en
las calles, Jaime Antezana sostiene que "si no se hace algo ahora
por la institución, las diferentes formas de violencia van a
ser más difíciles de controlar. "Las protestas sociales
que se registran en todo el país rebasan muchas veces la autoridad
de la policía. Esta ya no puede restablecer el orden. Cada vez
más ante nuestros ojos se ve que la policía no es capaz
de restablecer el orden en las calles", sentencia.
Nelly Luna
Amancio
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