DE LA DISCREPANCIA A LA SEDICIÓN

La búsqueda de soluciones integrales a problemas sociales complejos no justifica las acciones violentas, porque democracia no es anarquía.
Después de los lamentables sucesos de inicios de esta semana, en que grupos de campesinos cocaleros se enfrentaron a las fuerzas del orden, hecho que dejó un saldo de heridos y contusos, entre ellos 17 miembros de la PNP; el ministro del Interior manifestó que un comportamiento tan agresivo era un "amotinamiento" y se refirió a los que participan en este tipo de acciones violentas como pasibles de ser procesados por sedición.
Estos sucesos nos llevan a persistir en una cuestión, a nuestro juicio, fundamental: en un país democrático, regido por la ley, todos tienen libertad para pensar y expresar lo que desean; pero, al mismo tiempo, están obligados a respetar el sistema legal imperante, aun cuando discrepen de él. Aquellos que infringen las leyes merecen la aplicación de las penas tipificadas en las disposiciones pertinentes.


Los ciudadanos que se oponen a la política gubernamental o a las leyes vigentes pueden exteriorizarlo y efectuar los actos legítimos necesarias para cambiar esa política o dichas leyes. Esto significa acudir a los medios de comunicación, organizar manifestaciones y marchas, ejercer acciones judiciales, recolectar firmas e inclusive llevar a cabo paralizaciones de labores. Éstos son los márgenes que la democracia permite; sin embargo, mientras una norma está vigente, todos hemos de cumplirla, y resulta insensato emplear métodos reñidos no sólo con el orden legal, sino también con la vida civilizada.


Creemos que la actual situación del Perú debe llevarnos a insistir en que la supuesta justicia de un fin no es excusa para utilizar métodos ilegales e inmorales. La idea maquiavélica de que el fin justifica cualquier medio es contraria a la esencia del estado de derecho; por tanto, las autoridades correspondientes tienen que sancionar a los que quebrantan la ley.
Sabemos que el problema de los cocaleros es muy complejo y no se puede resolver con medidas represivas; entendemos, además, que un asunto muy serio debe encararse por la vía de la reactivación del agro, la sustitución de cultivos y el uso legítimo de la coca, a que hemos hecho alusión en ocasiones anteriores.


Es importante recordar que esto no atañe sólo a los países productores y exportadores de droga, sino también que los que pertenecen al mundo desarrollado y sufren los efectos del consumo deben comprender que, si de veras aspiran a solucionar este problema, tienen que apoyar con más decisión a los que padecen las consecuencias del atraso y la pobreza.
Los peruanos debemos actuar en estos distintos escenarios para enfrentar ese difícil asunto, y, al mismo tiempo, tener presente que una sociedad civilizada no puede confundir democracia con anarquía.

02/06/05 FUENTE: EL PERUANO PG EDITORIAL