Alfredo Vignolo
Maldonado / Periodista
Se está experimentando la gran paradoja de que una de las significaciones
más evidentes de ese claro desbande de la conducta que se vive
es la libertad. Fulano insulta a mengano porque supone que hacerlo
es un acto libre; mengano daña moralmente a quien supuestamente
ha “investigado” porque se atribuye una libertad sin barreras. Se
toman calles, plazas y carreteras, enarbolando la Bandera Nacional
y pancartas de reclamo porque con ese acto violento se ejerce la libertad,
sin importar que los demás tienen el derecho a disfrutar del
orden en libertad.
Se camina o se transita en cualquier vehículo, y los viandantes
y conductores pisotean todos los reglamentos, incluyendo la ya agonizante
cortesía; ésta sucumbe entre arrebatos de violencia
y malcriadez, porque los actores de tanta impertinencia se vanaglorian
de “su” libertad, ignorando que obrar con ésta es someterse
racionalmente a mínimas normas de respeto ajeno. La libertad
no se pierde ni disminuye por la atadura del deber, de la moral ni
del comportamiento ético; por el contrario, éstos son
factores que elevan la calidad del acto libre. Un puente no impide
pasar a la otra orilla, pero asegura la vida del que cruza el río.
La libertad no es independencia absoluta; es garantía del bien.
La libertad nace de la razón y es digna cuando la voluntad
desatinada no la trastoca ni la convierte en amparo para forzar normas
y sistemas sociales de sana convivencia. Casi siempre se alude a la
libertad como triquiñuela para hacer lo que da la gana y, lo
que es peor, para fomentar violencia, escándalo, daño,
so capa de un falso bien al denunciar, acusar o revelar lo cierto
o falso que se atribuye a otro, pero que su publicidad no causa beneficio
público alguno. El propósito real es aprovecharse de
las circunstancias y aparecer como “ángel guardián”.
El Perú no es la excepción en este mundo que gira con
síntomas de alocamiento, de precipitación, de pérdida
del control de la razón y de moral que parece ya gastado freno.
La vida cotidiana transcurre en un enrarecido clima de violencia generalizada.
Hay el horror de parricidas, filicidas y violaciones que anulan el
valor de la patermidad. Es rara la palabra amable, el gesto afable,
la sonrisa franca, la ayuda desinteresada, la pregunta sin mala intención,
la noticia de hechos positivos, el respeto a la persona, a la familia,
a los símbolos de la Patria. Hay la sensación de un
desbarajuste social y de un entrampamiento psicológico que
suele atribuirse equivocadamente al “temperamento” y a las “circunstancias”.
Se siente
una especie de “lógica pasional” y caducidad de la inteligencia
ante el atropello de lo violento. Procuremos evitar la violencia y
sufrirla en la televisión, para disfrutar de veras de la más
pura y provechosa libertad.