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de la aprobación de la reforma constitucional que otorga el derecho
al sufragio a los militares y policías, es necesaria la elaboración
de una norma que la desarrolle.
Es por eso que el congresista Luis Gonzales Posada (Apra) planteó
la creación de una comisión que proponga la adopción
de acciones complementarias para garantizar el registro en el padrón
electoral de los más de 180 mil uniformados que desde el 2006
elegirán al presidente, congresistas y autoridades regionales
y locales.
De acuerdo con el integrante de la Comisión de Defensa del Congreso,
ese grupo debería estar integrado por los ministros de Defensa
y del Interior, el presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas,
el presidente del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y el jefe de la
Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE).
EL GRAN CAMBIO
MILITAR QUE FALTA
El hecho de que 200 mil
militares y policías puedan votar el 2006 añade una singular
dosis de civilización a nuestra democracia, en cuanto al reconocimiento
de un derecho incomprensiblemente postergado.
Esa misma dosis de civilización vale también para la sociedad
respecto de la cual militares y policías no deberían estar
ni por encima ni por debajo de ella, sino en ella, plenamente incorporados.
Digamos que la agenda de reforma constitucional que ahora permite esta
reivindicación del voto nos lleva, inevitablemente, a esa otra
agenda pendiente en el difícil y complejo campo de las relaciones
cívico-militares, que igualmente las tenemos que civilizar.
¿Cuál es esa agenda pendiente? Primero, que hemos olvidado
rápidamente el grave desgaste institucional sufrido por las Fuerzas
Armadas y policiales durante el régimen de Fujimori, con los
irreversibles efectos de corrupción en sus cúpulas, que
al margen de los procesos penales que enfrentan, no han conocido aún
las sanciones administrativas y morales de parte de los ministerios
de Defensa e Interior. Por momentos hay la sensación de que las
relaciones cívico-militares son absolutamente normales, cuando
en realidad lo que hay es una costra anestésica que cubre todo
intento de reforma estructural y moralización profunda. Segundo,
que justamente la principal traba cívico-militar consiste en
que no tenemos un Ministerio de Defensa realmente civil.
El ex presidente Valentín Paniagua perdió la oportunidad
de reinstaurarlo de la mejor manera posible, en un momento político
en que las instituciones castrenses y policiales atravesaban una de
sus peores crisis de la historia. No quiero decir con esto que el entonces
ministro de Defensa Walter Ledesma hiciera un mal trabajo. No. Creo
que cumplió con creces sus responsabilidades. El problema se
planteaba en otros términos, desde la necesidad de que el sector
Defensa estuviese representado por el poder civil hasta el convencimiento
del Estado Peruano de no volver a fomentar, por comisión u omisión,
la condición de militares y policías como poder paralelo
a los institucional y constitucionalmente establecidos.
Tercero, que esta condición de poder paralelo, no sujeto a una
real y efectiva subordinación al poder civil, tiende a resolverse
solo en parte, en la medida que en los últimos tiempos se han
dado marchas y contramarchas políticamente inaceptables. Del
primer ensayo infructuoso en Defensa con David Waisman como ministro,
Toledo pasó a la acertada actuación de Aurelio Loret de
Mola, para concluir cometiendo el error de nombrar en su lugar al general
en retiro Roberto Chiabra, sin duda con méritos castrenses de
sobra, pero al mismo tiempo juez y parte entre su institución
de origen y la representación política encomendada. Cosa
igual ha ocurrido recientemente con la designación del general
de la policía Félix Murazzo en Interior. ¿Y dónde
quedaron a propósito las reformas militar y policial que en este
gobierno prometió democratizar, moralizar y hacer más
eficientes estas instituciones? Hay una agenda pendiente cívico-militar
que la clase política y gobernante tiene que meditar más
allá de reivindicaciones legítimas.
Juan Paredes Castro
Editor
13/03/05 FUENTE: EL COMERCIO PG POLITICA
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