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Intrigas, licitaciones y decapitaciones

Al mediodía del 15 de febrero, Gloria Vargas, la jefa de la OGA (Oficina General de Administración) del ministerio del Interior, sintió el frío en la nuca que –según es fama– se experimenta cuando se acerca el acero.

Minutos antes, el presidente Alan García Pérez, había salido ante los medios de comunicación para decir: “Estoy seguro de que la ministra [del Interior, Pilar Mazzetti] va a tomar la decisión de separar a los malos funcionarios ineficientes, y a las malas comisiones de concurso y licitación que no supieron plantear la necesidad de renegociar hacia abajo el precio de los vehículos”. García añadió que “El gobierno no acepta sospechas de corrupción” y confió en que su atribulada ministra Mazzetti no se rodearía más con personas “que no entienden que el ahorro, austeridad y honestidad son aspectos prioritarios para el gobierno”.

Hubo unos minutos inquietos en el cuarto piso del ministerio del Interior, en los que no se supo cómo iba a reaccionar Mazzetti, ante las deconstructivas sugerencias presidenciales, que, menos mal, no incluían recomendaciones dietéticas. Mazzetti volaba en ese momento entre Chiclayo y Tumbes junto con el ministro de Defensa y otros altos funcionarios.

Pero poco después, Mazzetti habló en el Norte y las dudas se despejaron: “En la mañana” dijo Mazzetti “ … llamé por teléfono al presidente Alan García y le dije que habíamos estado reflexionando sobre los recientes acontecimientosy le precisé que nos parecía pertinente el retiro de los funcionarios que trabajaban en la licitación, con miras a una mayor transparencia y una investigación más clara”.


Gloria Vargas, rodeada por silla vacías, en la víspera de su renuncia

En Córpac, el círculo de colaboradores más cercanos de Mazzetti sintió, esta vez con toda claridad, la inminencia del fin. Funcionarios de confianza de la OGA y los asesores, se reunieron en la sala de conferencias adyacente al vacío despacho de Mazzetti. Trataron de responderse qué había pasado mientras esperaban el retorno de la ministra.

En ese lapso, en la tarde, los funcionarios explicaron a un visitante, otra vez más y en detalle, los pormenores de la licitación que había provocado la tormenta política que ahora se desencadenaba sobre ellos. Todos, esgrimiendo documentos, estudios, cartas, leyes, formularios, peritajes independientes, opiniones expertas, defendieron la propiedad y legalidad del proceso de licitación de patrulleros.

Entre ellos estaba la persona en el centro mismo de la tormenta, Gloria Vargas, compuesta y aparentemente serena, pero bajo una obvia tensión. Un día antes, el de San Valentín, había redactado una carta poniendo su cargo a disposición de Mazzetti. ¿Qué iba a suceder ahora que el presidente pedía su cabeza y, aparentemente, la ministra consentía en esa abrupta separación de anatomías? Las respuestas fueron tentativas pero con un denominador común: esperar el regreso de Pilar.

La que sí dijo que estaba decidida a hablar y defender su gestión, fue Gloria Vargas. Los demás, sentados a su lado, parecían apoyarla. Pero cuando una persona sugirió tomar una fotografía del grupo, las sillas al costado de Vargas quedaron vacías como si hubiera pasado un huracán. Ella sola brindó una sonrisa estoica a la cámara.

Mientras tanto, en el vuelo de retorno, Pilar Mazzetti casi no habló y permaneció mirando la noche a través de la ventanilla del avión. Aterrizó cerca de la media noche en Lima.

Los medios, hasta entonces, parecían dar por hecho el anuncio del premier Del Castillo en el sentido de que una negociación del precio de los patrulleros, con la compañía ganadora, el grupo Gildemeister, estaba en curso y bajo su batuta. El Estado buscaba no salir perjudicado, había dicho Del Castillo, y se trataba de lograr “una salida beneficiosa”.

El viernes 16, Gloria Vargas buscó hablar con la ministra Mazzetti. Antes de eso, sin embargo, el viceministro en funciones, Danilo Céspedes –que asumió interinamente el cargo luego de la salida con ribetes de escándalo de Dardo López-Dolz–, la llamó y la citó a su despacho.

Ahí, Céspedes le pidió, en nombre de Mazzetti, la renuncia. Estaba muy apenado, le dijo y la abrazó, pero tenía que pedirle otras dos renuncias más: las de la abogada Débora Urquieta y de la directora de logística, Lorena Mendoza.

Una conmocionada Vargas logró verse apenas unos segundos con la ministra Mazzetti.

“Pilar me dijo solo una cosa: “Perdóname, perdóname”, dice Vargas.

¿Qué pasó por la mente de Mazzetti entre el martes, cuando continuó, como lo hizo en días anteriores, defendiendo ardorosamente al equipo de funcionarios, y en especial a Gloria Vargas, que llevó a cabo el proceso de adjudicaciones por el llamado “shock de inversiones”; y el viernes, cuando entregó la cabeza de ésta y sus colegas a Alan García?

Un día antes, un veterano alto funcionario de Córpac intentó poner las cosas en perspectiva: “Yo he visto pasar a ocho ministros del Interior desde que estoy aquí” dice, “y para mí, los dos mejores, por inteligencia, honestidad y deseo de hacer las cosas bien, han sido Rospigliosi y Pilar Mazzetti. Pero la diferencia entre los dos es que Rospigliosi tuvo un buen equipo y Pilar nunca tuvo equipo”.

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Publicado el 16 de febrero del 2007
 
 
 
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