¿Qué rol juegan los gobiernos locales en materia
de seguridad ciudadana en Colombia?
En Colombia, como en muchos países
del América Latina, la seguridad ha estado
tradicionalmente administrada por las Fuerzas
de Seguridad. Es muy poco lo que han hecho las
administraciones municipales por involucrarse
en el tema. Hay dos consideraciones que hay
que tomar en cuenta frente a ello; de un lado,
cada vez el tema de la seguridad abarca más
que a la Policía ?ya que involucra un
alto componente preventivo? y, de otro lado,
el tema es cada vez más local.
Mirando la realidad de los países
latinoamericanos, la seguridad sigue siendo
una responsabilidad de Ejecutivo nacional,
por el antecedente de las políticas
de “seguridad nacional”, con un
rol muy reducido de los gobiernos locales.
Existen países como Brasil, Argentina,
México, en donde los Estados Federales
tienen responsabilidades en materia de seguridad
pero, en el resto, es tarea del Ejecutivo.
¿Colombia tiene una normatividad
que otorga al Municipio un rol rector en materia
de seguridad ciudadana?
En Colombia desde 1991, los alcaldes
y gobernadores son responsables del tema de
seguridad. La Constitución de 1991,
los dos temas que no desconcentró fueron,
uno, el tema de la seguridad y, otro, el del
manejo macro económico. Es el Presidente
el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y la
Policía Nacional. Los gobernadores
de los 32 departamentos, en su calidad de
representantes del Presidente, son agentes
del orden público; obedecen las órdenes
del Presidente en esta materia y los alcaldes
de los 1,096 municipios, son responsables
de la seguridad ciudadana.
De otro lado, tenemos una Policía
Nacional que debe obediencia a los alcaldes
y gobernadores de las órdenes que imparta
a través de sus comandantes. La Ley
62 de la PNC establece claras competencias
de los gobernadores y alcaldes en esta materia,
los mandatarios locales deben evaluar a sus
comandantes y tienen que hacerlo una vez al
año, por desempeño y trabajo
coordinado.
Pese a este avance constitucional y legal,
después de casi catorce años,
empezamos a darnos cuenta que la gran mayoría
de gobernadores y alcaldes no asumían
el tema. Hoy estamos trabajando con todos
los gobiernos municipales y los gobernadores
para que asuman esta responsabilidad constitucional
y legal a través del Programa Departamentos
y Municipios Seguros DMS.
Vayamos a Bogotá en donde Usted ha
trabajado en tres administraciones este tema
de la seguridad ciudadana...
La experiencia de Bogotá nos ilustra
de qué manera estamos trabajando con
los gobiernos locales. Bogotá es una
ciudad de ocho millones de habitantes, tiene
un Alcalde elegido popularmente y tiene, a
su vez, veinte alcaldes designados por el
Alcalde Mayor. Son funcionarios del Alcalde
Mayor. Es una ciudad compacta y dentro de
esas veinte localidades existe una administración
local que, aunque tiene presupuesto propio,
responde al Alcalde Mayor.
¿Cuál era la situación
de la criminalidad en la ciudad de Bogotá
cuando ustedes asumen la gestión municipal?
Bogotá, en 1994 llegó
a tener una tasa de 72 homicidios por cada
cien mil habitantes, cerca de cuatro mil homicidios
al año. En 1993 alcanzamos a tener
ochenta homicidios por cada cien mil habitantes,
cifra supremamente alta. Es cierto que en
Colombia ha habido ciudades que alcanzaron
a tener una tasas superiores, como fuel caso
de otras ciudades importantes. En el año
1994, con 72 homicidios por cada 100.000 habitantes
Bogotá era mas violenta que ciudades
como Río de Janeiro, o Sao Paulo y
en el extremo, estaba el Cairo con sólo
un homicidio.
¿Además de afectar
el derecho a la vida e integridad de las personas,
qué riesgos adicionales encontraron
ustedes en tasas de criminalidad tan altas?
Estos indicadores de criminalidad
son muy importantes también para definir
el nivel de competitividad de una ciudad.
Cada vez más, los temas de seguridad
cuentan para la inversión privada,
nacional o extranjera. En muchos casos, los
petroleros prefieren explotar a mayor costo,
petróleo en África que en Colombia
porque en África no los extorsionan,
no los secuestran, no los matan y, evidentemente,
esto tiene un efecto sobre la economía.
Es más, la revista “América
Economía” está midiendo
los niveles de competitividad en las ciudades
y muestra, como Santiago de Chile, lleva el
liderazgo, superando incluso a ciudades como
Miami. En ese momento inicial de nuestra gestión,
nuestra competitividad era muy baja. Existen
otros indicadores de competitividad, pero
el tema de violencia es uno de los más
importantes.
¿Lograron bajar esta tasa
de homicidios?
A partir de 1994, la tasa de homicidios empezó
a caer hasta situarse en 22 homicidios por
cada cien mil habitantes. De 4,352 homicidios
en 1993 pasamos a 1,612 en el 2004. Es una
reducción significativa de la violencia.
Hoy, Bogotá es menos violenta que Ciudad
de Panamá, que México, que Lima,
que Sao Paulo, Río de Janeiro, Cali,
Medellín, Washington y Caracas. Sin
embargo, sigue siendo más violenta
que Ciudad Juárez y Monterrey en México,
Porto Alegre o Bello Horizonte en Brasil,
Montevideo y Santiago.
¿Qué política
municipal permitió una reducción
tan importante de la violencia letal en Bogotá?
Hace cuatro años diseñamos
un plan a diez años y esperamos reducir
aún más el índice de
homicidios en los seis años que vienen.
Esto es factible siempre y cuando se cumplan
las metas de la política de convivencia
y seguridad. Pero no sólo hemos reducido
los homicidios, también los accidentes
de tránsito. Nosotros asumimos estas
muertes por accidentes de tránsito
como un asunto de seguridad ciudadana. Los
ciudadanos son víctimas, lesionados
o muertos, de la delincuencia pero también
víctimas, lesionados o muertos, por
un tráfico caótico o por una
persona que conduce embriagada. El Estado
tiene la obligación de garantizarle
la seguridad al ciudadano, cualquiera sea
los escenarios, públicos o privados.
El estado debe garantizarle la vida, en todas
las condiciones.
Diseñamos una política integral
que va de la prevención, pasando por
la inteligencia, la disuasión, la solución
de conflictos hasta los temas coercitivos.
Política integral de zanahoria y garrote;
preventiva y coercitiva; dosificadas, una
y otra. Esa es la autoridad del Estado que
tiene la obligación y la facultad de
garantizar la seguridad de los ciudadanos
con políticas preventivas y ejercer
la fuerza legítima, en el marco de
la ley y el respeto a los derechos de todos
los ciudadanos, incluidos los delincuentes.
Aplicamos una política publica, que
va desde los temas de cultura ciudadana, de
los asuntos de fuerza pública, disuasión,
presencia de la Policía, de la justicia,
como disuasión también, la prevención
de emergencias, la inteligencia del Estado
como la resolución de conflictos de
manera pacífica, a la coerción
que ejerce justicia de acuerdo a los niveles
del delito, hasta la cárcel. No es
solamente la Policía o la Justicia.
En las ciudades tenemos problemas de indigencia,
de desorden, no sólo problemas delictivos.
Una ciudad tiene que amables con los ciudadanos,
respetuosa de los derechos, ordenada, pero
también de ciudadanos que acatan y
respetan las las normas de convivencia, todo
esto siempre en un sentido de corresponsabilidad
institucional y ciudadana.
¿Qué medidas de política
específicas pusieron en marcha para
garantizar este derecho a la vida en Bogotá?
Sabemos que pusieron mucho énfasis
en los aspectos culturales, así como
en el cumplimiento de las normas...
Como decía, nuestra política
fue integral, desde acciones preventivas,
hasta las acciones coercitivas, desde los
temas de cultura ciudadana hasta el fortalecimiento
de la policía y de la justicia para
que ejecutaran las normas de manera ejemplar.
De esta manera las medidas fueron concretas.
No solo se combatió el crimen, sino
que se regularon comportamientos que afectaban
la seguridad ciudadana y la convivencia. Por
ejemplo, en el año 1995 cerramos los
establecimientos nocturnos donde se expende
licor a la una de la mañana, por cuanto
la Policía Nacional tenía que
atender problemas toda la noche de personas
embriagadas y se desatendía problemas
de seguridad ciudadana, como el robo de residencias.
Fue una decisión en toda la ciudad.
Se aplicó la ley de manera enérgica.
Cerramos establecimientos que no cumplieron
la norma con ejemplares sanciones económicas;
también a conductores embriagados se
les quitaba el carro y los costos de las multas
son altos, cerca de trescientos dólares.
Una segunda medida fue cambiar a la Policía
de tránsito. Teníamos una Policía
Municipal de Tránsito, bastante corrupta.
Se despidieron dos mil y se le entregaron
esas funciones a la Policía Nacional,
con mayor eficiencia y control ya que la Policía
Nacional tenía más facultades.
Quiero profundizar en dos cosas. Una, es
el fortalecimiento de la unidad de la Policía
Nacional que trabaja en la ciudad en dos sentidos,
el primero el desarrollo tecnológico
en términos de movilidad (carros, motos,
caballos), comunicaciones (radios y centro
automático de despacho) e infraestructura
(estaciones y centros de atención inmediata
CAI) y el segundo la capacitación de
todos los policías en temas de convivencia
en las mejores universidades de la ciudad.
Todo esto para que atendieran de manera adecuada
los temas de violencia, delincuencia y convivencia.
Cabe anotar que en este tema invertimos, pero
también exigimos resultados.
Y la otra cosa sobre la cual quiero profundizar
es el tema de la cultura ciudadana. Quizá
siempre hemos tenido la idea de que ya los
adultos no podemos cambiar, que hay que trabajar
con los niños en las escuelas. En 1995
nuestro alcalde, Antanas Mockus, académico,
ex Rector de la Universidad Nacional, nos
convenció de que el cambio de comportamiento
se puede lograr en todas las generaciones,
no sólo empezando por los niños
y niñas. Bogotá era una ciudad
poco solidaria, agresiva, en donde los ciudadanos
respetaban muy poco las normas. Trabajamos
entonces sobre la cultura ciudadana. Todos,
en cualquier sociedad, nos regulamos por tres
sistemas regulatorios: la ley, la moral y
la cultura. Sobre esos tres sistemas regulatorios
empezamos a trabajar y a cambiar los comportamientos
ciudadanos.
¿Nos puedes proporcionar ejemplos
concretos de las medidas adoptadas?
Por cierto. Tomemos los problemas
de los cruceros peatonales en las pistas,
lo que nosotros llamamos “la cebras”
en los semáforos. La mayoría
de ciudadanos, parquean el carro sobre las
líneas blancas o cebras e impiden el
paso de peatones y no les pasa nada, no les
da vergüenza ni son sancionados. Contratamos
ciento cincuenta mimos que trabajaron en igual
número de cruceros. El mimo hacía
las veces de la moral. Cuando un conductor
se paraba encima de la cebra el mimo empujaba
el carro, como diciéndole: retrocede.
Era su conciencia. El mimo era tan espectacular
que se aglomeraban las personas y éstas
empezaban a presionar al conductor para que
retrocediera. Ahí empieza a funcionar
la cultura. Si no respondía a la moral,
que era el mimo, ni a la cultura, expresada
en los ciudadanos que lo presionaban, aparecía
el agente de tránsito e imponía
la ley. Ley, moral y cultura hacen que hoy,
en Bogotá, los ciudadanos respeten
el crucero peatonal. Con esa misma estrategia
logramos el uso del cinturón de seguridad,
el casco para los motociclistas y alcanzamos
ciertos avances en el caso de cruces y puentes
peatonales. Bogotá, según estudios
recientes, es una de las ciudades en las que
más se respetan las normas de tránsito.
¿Ha hablado de la Ley semi
seca en lo que respecta al expendio de alcohol,
qué acciones se han tomado en relación
a otros factores de riesgo, como el uso de
armas, por ejemplo?
A la gran mayoría de ciudadanos
que tienen armas, éstas les sirven
muy poco. Son muy pocos los ciudadanos que
han logrado repeler un asalto con el arma
propia. Son más los ciudadanos que
han muerto con su propia arma. Si la Policía,
que entrena, comete errores, cómo será
el ciudadano que apenas la sabe cargar y disparar
y, ni siquiera, tiene el cuidado de descargarla
cuando llega a casa lo que produce accidentes
fatales. El arma es letal. Ellas deben ser
portadas por las instituciones legítimamente
constituidas que saben utilizarlas. No debe
haber políticas del Estado ni de organizaciones
privadas que promueva que los ciudadanos se
armen. Si el Estado promueve este tipo de
políticas, le entrega al ciudadano
el uso legítimo de la fuerza y abdica
de su potestad y obligación. Porque
un ciudadano con un arma cumple las veces
del Estado: detiene, juzga, condena y aplica
la condena, la pena de muerte, en cuestión
de segundos.
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